Texto: P. PEDRO GONZÁLEZ-LLORENTE,SJ

Sinagoga de Nazaret año 6 antes de la era cristiana
José se levantó para hacer la lectura. Él, carpintero de Nazaret, era un muchacho trabajador y religioso. Estaba comprometido con María, una chica de la misma aldea. Pero no podían convivir juntos hasta que pasara el primer año de compromiso, según las leyes religiosas judías. El rabino le pasó el rollo del profeta Isaías, y José buscó el texto 9,1 y lo leyó en alta voz.
El pasaje se refería al anuncio de Dios, mediante el profeta Isaías, del fin del cautiverio del pueblo “que caminaba en tinieblas y ha visto una gran luz”. Esa luz es el nacimiento de un niño. ¿Quién será este niño?, preguntó José y seguidamente respondió: Yo creo que tiene que ser el Mesías esperado por nosotros. Y terminó: Vamos a pedir al Señor que adelante el advenimiento de este Niño-Mesías, y que sea una luz que brille en medio de tanta tiniebla. Amén.
Fuera de la sinagoga había un grupito de mujeres que seguía la ceremonia a través de las ventanas enrejadas. Entre ellas estaba la prometida de José, María, quien oró pidiendo a Dios que enviara pronto a ese Mesías prometido.
Nazaret era una aldea muy pequeña, pero tenía una sinagoga o casa de oración. Quedaba en la provincia de Galilea, al norte de Palestina. En ese tiempo, los judíos de Palestina estaban sometidos al imperio romano, el cual había impuesto en ese territorio un rey extranjero, Herodes el Grande, considerado un intruso al servicio de los intereses de Roma.
Los galileos, como todos los judíos, debían pagar impuestos a Roma, a Herodes y al templo. A veces los impuestos alcanzaban la mitad de los ingresos. Muchos campesinos perdían tierras, hijos y su propia libertad. Era una situación insoportable.
Nazaret. Siete días más tarde,una visita inesperada
Era de noche. María estaba recogiendo los platos de la mesa cuando percibió un sonido de brisa suave y un batir de alas de paloma. Sintió que había una presencia a su lado. Se volteó y vio a un joven muy blanco, alto, con túnica hasta los pies y el pelo encrespado. Este le dijo: Dios te saluda, María, la llena de gracia. El Señor está contigo.
Era un saludo solemne, como dirigido a una princesa, cargado de resonancias bíblicas. María se asustó un poco.
No temas, María, porque has encontrado el favor de Dios. Mira, concebirás y darás a luz un hijo, a quien llamarás Jesús. Será grande, llevará el título de Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, para que reine sobre la Casa de Jacob por siempre y su reinado no tenga fin.
El anuncio es desconcertante; quedará embarazada del Hijo del Altísimo. María entonces respondió al joven con una pregunta: ¿Cómo sucederá eso si no convivo con un varón?
El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso, el consagrado que nazca llevará el título de Hijo de Dios. Mira, también tu parienta Isabel ha concebido en su vejez, y la que se consideraba estéril está ya de seis meses. Pues nada es imposible para Dios.
La respuesta es clara: este embarazo no será obra de ningún hombre, sino de Dios, de su Espíritu. El que nacerá es Hijo de Dios y de María. Y ahora le toca a ella decir sí o no. La entrada del Hijo de Dios en este mundo está pendiente de la decisión de María: aquí tienes a la esclava del Señor; que se cumpla en mí tu palabra.
El enviado se retira. Y ocurre la encarnación. En el vientre de María comienza a formarse un embrión, es el Hijo de Dios hecho carne.
Esa noche, María tardó en dormirse. ¿Cómo contarle lo anterior a sus padres, Joaquín y Ana? ¿Cómo explicárselo a José? ¿Le creerían? Una joven judía que salía embarazada sin tener esposo era considerada adúltera y podía morir apedreada. Sentía miedo, pero también gozo. Pensó que lo mejor era callarse por el momento y viajar al encuentro de su prima Isabel. Con esos pensamientos se durmió.
Nazaret. Cuatro meses más tarde. Un regreso que causa sorpresa
José y otras personas de la aldea estaban trabajando en las cosechas cuando llegó un carretón desde el sur. Enseguida corrió la voz: María ha regresado. Todos vinieron corriendo a saludarla y algunos se percataron que su vientre estaba crecido. Habían transcurrido cuatro meses desde la visita del enviado de Dios. Joaquín y Ana se dieron cuenta. Ambos miraron a José, quien permaneció muy serio. ¿Qué había sucedido?
José se retiró a una montaña para orar en soledad. Se preguntaba angustiado qué debía hacer. Él confiaba tanto en María. ¿Cómo entender que estaba embarazada? José, hombre honesto, decidió repudiarla en secreto para no comprometerla. En esos pensamientos se encontraba cuando el sueño lo venció. Y en sueños vio la figura de un joven alto, delgado, vestido con una túnica blanca y con el pelo encrespado, que le dijo: José, hijo de David, no tengas reparo en acoger a María como esposa tuya, pues lo que ha concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, a quien llamarás Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.
Para José, ese aviso fue un descanso. Haría todo lo que el enviado de Dios le indicara. José sintió un gozo extraordinario, pero también un poco de miedo.
De Nazaret a Belén, cinco meses después. Año 5 antes de la era cristiana
Cinco meses después, José y María, esta última con un embarazo de casi nueve meses, se pusieron en camino rumbo a Belén donde debían inscribirse en el censo ordenado por el emperador. Era un viaje de más de 100 kilómetros en medio del invierno. El momento del alumbramiento estaba cerca. Entonces María le preguntó a José:
- ¿Por qué Dios nos escogió a nosotros, dos personas pobres de Nazaret, una aldea casi desconocida?
- Aquí hay una sabiduría que nos desborda. Esto es un gran misterio.
Días después, estando ellos en Belén, María dio a luz a su hijo primogénito. Lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre porque no habían encontrado sitio en la posada.
- José, ¡esto me parece un sueño! Tener en mis brazos a este niño, que es frágil como todos los recién nacidos, y saber que es el Hijo del Altísimo.
- Lo que pedimos en la sinagoga de Nazaret se está cumpliendo. Dios ha venido a visitarnos, pero no viene como un guerrero poderoso. Viene en pobreza y humildad para compartir nuestra vida de pobres. Parece que es desde ahí que realizará la salvación prometida.
La Habana, Cuba. Noviembre del año 2010 de la era cristiana
Acompañado de su hijito Santiago, Andrés entró en la iglesia de Reina para rezar por su esposa Miriam, quien acababa de dar a luz una niña en un parto difícil que la había dejado muy delicada de salud. La niña se encontraba bien, aunque muy delgada.
Andrés se sorprendió al entrar, pues se encontró un inmenso nacimiento, con forma de cueva, a la entrada misma del templo. Santiago, de solo seis años de edad, miraba con los ojos muy abiertos.
- Papi, ¿qué es esto?
- Es un nacimiento, hijito. Allí está el niño Jesús, que viene a salvarnos.
- ¿A salvarnos de qué?
- Pues de la miseria, del egoísmo, de la injusticia, del odio, de la división entre hermanos, de la enfermedad, de la muerte.
- Entonces, ¿él puede salvar a mami?
- Por eso estamos aquí, para pedirle que ayude a tu mami, y que me ayude a mí a ser reubicado en un nuevo trabajo.
Carpintero de oficio, Andrés acaba de quedar excedente en su centro de trabajo por el reajuste laboral. Vive con su familia en un solar en el Cerro, donde solo disponen de un cuarto con el techo en muy mal estado. Andrés se arrodilló ante el nacimiento y le expresó a su hijo:
- A ver, reza conmigo. Jesús, tú viniste a este mundo a salvarnos de todo lo malo que nos agobia y oprime.
Santiago repetía bajito las palabras de su papá.
- Pon tus ojos sobre Miriam. Haz que pueda superar este momento y que pueda volver a casa y ocuparse de la niña y de Santiaguito. Cúrala, Jesús, no dejes que se me vaya. También pon tus ojos sobre mí y ayúdame a reubicarme en un trabajo.
El niño dejó de rezar y observó asombrado a su padre, que lloraba. Nunca lo había visto llorar. Esto lo estremeció y sintió mucho miedo. Entonces rezó en su corazón, con sus propias palabras:
- Ven, niño Jesús. Ayuda a mi mamá a salir del hospital y ayuda también a mi papá. Ven, niño Jesús, nace hoy aquí entre nosotros y sálvanos.